Ecommonist

Am Anfang war die Kraft

Candidato

Plantó sus manos a ambos lados del atril, luego con ambas agarró nuevamente los folios de su lectura y como dudando, dubitativo, golpeó un par de veces el canto de las mismas contra la plana del atril, como queriendo ordenarlas, que respiraran la perfección de la que el carecía. Fue en ese mismo momento cuando recordó la obviedad y su temor, aquel contra el que batallaba y contra el que necesitaba que el resto compartiese sus sentimientos. Apartó las hojas, las dejó en horizontal, improvisando su propia invención, su dialéctica y su salto hacia algo más. Con la cabeza agachada, sin mirar a las escasas docenas que se reunían en el parque, su voz sonó primeramente ahogada para ir transformándose después en un torrente de verdad.

Es entonces cuando llegamos hasta aquí.

pronunció lentamente, casi murmurando, apesadumbrado por su propio significado.

Yo les miro, ustedes me observan, nuestras miradas se entrecruzan y se preguntan de que coño pienso hablarles. Se lo diré. Algunos de ustedes simplemente habrán venido por el mero morbo y la curiosidad de verme perder las formas, otros tantos atraídos por la algarabía y motivados por el ostracismo circundante y muy pocos, y ciertamente los menos importantes, los ciegos creyentes que creen en la imagen y en las ideas que en teoría, fielmente represento. No se preocupen, les garantizo que ninguno se ira de vacío.

A unos como a otros, es decir, a todos ustedes, les diré que algunas cosas van a mejorar. Seguramente les parecerá haberlo oído muchas veces, muchísimas, y yo no les niego su parte de razón, porque lo que ustedes oyeron era muy similar, y a la vez muy diferente a lo que yo les propongo. Todo iba a cambiar, les decían, y cambiar desgraciadamente, no es lo mismo que mejorar. Yo desde mi humildísimo podio

golpeó el metacrilato y el crujir resonó en los micrófonos

no les garantizo una mejora, no desde aquí, porque es irreal y mentiroso ofrecérsela, ustedes son lo suficientemente inteligentes como para saber que yo no tengo ese poder. Puedo obtenerlo, si es que se dan las circunstancias y las oportunidades, pero en este momento no dispongo de él. Sin embargo eso no impide que luche desde ya por ofrecerles una alternativa a su realidad cotidiana, al funcionamiento de las cosas, a como perciben la realidad y la vida de este país, a lo que hacemos nosotros sus representantes y a entender la política como algo honroso y noble, alejado de sus sinónimos actuales: corrupción y enriquecimiento.

Hoy me arriesgo y me la juego, porque diré cosas que no gustaran, ni a ustedes ni a mi partido, pero confío en que aún se pueden instaurar nuevas corrientes de pensamiento, en que nuestro sistema democrático aún puede ofrecer diversidad… y por eso no les pido el voto. Me importa un bledo si al final ustedes deciden votar por mi partido o por el rival. Es posible que no me crean, pero  se lo digo con toda franqueza. Me importa muy poco, es decir nada, que ustedes no voten a los candidatos que represento, que no me voten. Mi misión aquí es muy sencilla. Mi único objetivo es ampliar su capacidad de elección, de decisión; provocarles, conseguir que al menos conozcan que no todo el mundo en política es sumiso y servil, que aún existen algunas personas capaces en las que pueden tener esperanzas, y que hemos llegado a un punto de no retorno en que un sistema bipartidista ya no puede satisfacer ninguna de todas las particularidades que como personas nos hacen diferentes y especiales. Por primera vez en muchas décadas vamos a tener que volver a confiar en las personas, y solamente en ellas, para conseguir ese equilibrio que las ideologías nos han arrebatado mientras enarbolaban colores y símbolos que habían perdido todo su significado. Lo que quiero hacerles comprender es que por mucho que les repitan izquierda, derecha o centro, ninguno de estos términos tienen sentido aplicados ya a la realidad.

Hemos evolucionado hacia una sociedad tremendamente heterogénea gracias a las libertades y derechos que consiguieron nuestros padres y nuestros abuelos. Ellos construyeron unas bases para que se garantizaran las oportunidades independientemente de la condición política, social, racial, religiosa o económica. Crearon un sociedad tolerante y abierta, tan avanzada que algunos hechos nos chirrían en los oídos mientas clamamos por la moderación y la rectitud…

Suspiró.

Les doy las gracias a todos ellos. Debemos de estar agradecidos y avergonzados viendo como dilapidamos toda esa herencia en apenas dos décadas. Sin mayores preocupaciones que mirarnos el ombligo, nos hemos dedicado a arreglar mecanismos que ya funcionaban, y que si bien distaban mucho de la perfección, al menos no pecaban de injustos. Sin apenas valores en comparación, con metas más que censurables, llenos de envidia y frustración viviendo vidas que caminan entre la miseria, la inmundicia y el dramatismo, no somos mas que una triste imagen de la decadencia del magnifico futuro que ellos soñaron.

Se nos llena la boca de corrección, y de prudencia, y de solidaridad, y de esfuerzo y trabajo. Y todo resulta ser falso. Le pedimos al ciudadano de a pie, aquel que no tiene mas peso que el voto, que soporte y aguante el peso de nuestras decisiones y nuestros errores. Decisiones que no son en la mayoría de los casos mas que caprichos de niños y niñas de 45 años que nunca necesitaron adaptarse a la vida real. La cuestión de que muchos sigan allí la tenemos todos nosotros. Un país en el que hemos defendido a capa y espada a nuestros partidos con el forofismo propio de los hooligans mas descerebrados. Si no, como me pueden explicar ustedes que hace ocho años consiguiéramos un 37% después de haber errado consecutivamente un millón de veces durante dos legislaturas. Apenas medio millón de votantes decidieron el cambio. Cuando estoy a solas quiero pensar y ser optimista creyendo que realmente fue un millón el que intercambio su voto. Sería un halo de esperanza.

Les hablo de esperanza porque yo apenas entiendo el presente. No comprendo el punto en el que estamos, como hemos sido capaces de llegar hasta aquí, hasta que punto hemos prostituido nuestra libertad y nuestros derechos a cambio de nada, de vivir cada vez más indignamente, de que el estado al que financiamos con nuestros impuestos los derroche impunemente en cargos sobre remunerados y proyectos sociales de dudosa gestión fuera de nuestras fronteras, de que se hayan olvidado de que la pobreza y el malestar también existen aquí dentro, en nuestras calles y en nuestras casas. Estoy confuso, perplejo ante la autocomplacencia de nuestros escasos logros, obsoletos y ahora ya mediocres, de que la sanidad y la educación se hayan convertido en materia de negociación e intercambio de las autonomías, estoy harto de las competencias, de los autogobiernos que solo existen para justificar innumerables cargos e incomprensibles licitaciones, de los chantajes de las mafias y de los lobbies que crecieron a nuestras espaldas rayando la ilegalidad… Nos merecemos algo mejor, nos merecemos un ratio de ingresos mejor, unos sueldos que permitan recuperar nuestra economía, una investigación que permita desarrollar la industria, unas universidades que sean el orgullo de Europa, la mejor sanidad pública que podamos tener y no solo aquella con la que nos conformemos, la protección social total del estado, la distribución equitativa de la riqueza sin la injusticia del trabajo y del esfuerzo propio, el apoyo a los emprendedores, a las exportaciones, a la defensa de los derechos de todos y cada uno de los trabajadores, a la conciliación de la vida familiar y laboral, pero sobre todo a la libertad para decidir lo que queremos ser sin que ningún gobierno deba hacernos responsables de la situación social que ellos generaron, respetando nuestros derechos, nuestros deberes y las libertades individuales que caracterizan y han caracterizado siempre a Europa y en especial a nuestro país.

Por eso os digo que yo trabajaré ahora, desde ahora, para el presente y para el futuro, para recuperar nuestro mejor pasado y convertir los buenos recuerdos en una nueva realidad y en un presente que sean potencialmente brillantes, sin la ira y sin la crispación que despierta la política de la democracia y en los que podáis mirar a vuestros vecinos sin temor y con confianza sobre lo que ambos habéis construido. Ha llegado la hora de recuperar las ideas básicas y de gobernar para el pueblo, ya que ellos, vosotros, nosotros, somos la base para conseguir el resto.

No sonaron grandes aplausos, no hubo vítores ni alabanzas. No podía haberlos. Aquello era demasiado para una gente acostumbrada a oír hechos edulcorados. En las pequeñas escaleras le esperaban sus compañeros y no precisamente para felicitarlo. Pero nada importaba, el objetivo ya se había conquistado.

Bien

Me encuentro bien…

Ya has nacido, eres de los afortunados. No vas a morir en unos días, te vacunarán, te vestirán y te abrigarán. Vas a tomar lácteos especiales para ti, te van a entretener y a mimar, conocerás a los abuelos. Verás la playa y la montaña antes de hablar, tendrás juguetes y regalos. Irás a la escuela, te educarán, harás amigos, te divertirás y podrás aprender. Serás inconsciente del futuro, elegirás el presente. Fumarás y lo dejarás, te drogarás sólo ocasionalmente, beberás y serás socialmente aceptado. Amarás y serás amado. Conducirás como te digan, trabajarás como te manden, te cuidarás como te sugieran, comerás lo que te aconsejen, te comportarás como proceda y follarás cuando puedas. Tendrás descendencia, los criarás tal como tú, más limpios, más altos, más fuertes, más rápidos y más capaces. Vivirás para ellos pero sin ellos, serás productivo mientras les enseñas a serlo. Te divertirás como los demás, viajarás cuando el resto y envejecerás. Dejarás de ser útil, serás indiferente, serás insensible, improductivo y viejo. Morirás.

Harás lo que digamos cuando digamos, ambicionarás lo que nosotros poseemos, evolucionarás para conseguirlo. Competirás y aplastarás, machacarás, falsearás, mentirás y dañarás. Aprenderás lo que queramos, te moldearemos. Serás violento de palabra y no de actos, serás legal acorde con las leyes que dictemos. Pensarás antes de actuar y comprenderás que no hay más camino que ser como te hemos enseñado. Lo seguirás recto e impecable, sin sobresaltos, sin imprevistos, sin manchas. Cuanto más lo sigas más se alejará la meta de ti. Estás infectado, lo llevas contigo, lo sientes pero no lo sabes. El resto te acompaña, el mecanismo es preciso, no falla. No hay desvíos, solo perdidas previstas.

No eres nadie, no eres nada, solo un número, una clave.

Estas infectado.
Estas infectado.
Estas infectado… y no vas a despertar.

Realmente bien.

Ansiedad

Había existido siempre, al menos vista como yo la contemplaba, pero eso no quería decir que su presencia fuera menos implacable y molesta. De un tiempo a esta parte, no se exactamente cuando, comenzó a ser insoportable no solo para mi, sino para el común de los mortales.
La presión del gasto, el coste de la vida, o mejor dicho de los múltiples e infinitos desembolsos desgastaba sobremanera todos los estamentos conocidos. Era una pescadilla que se mordía la cola, engordada a lo largo de las décadas por aquellos que repercutían a terceros los descensos en sus beneficios como represalia por ser ellos las victimas del mismo comportamiento. Hazselo a tu prójimo, arremete contra el y recuerda que tu no golpeaste primero.

Pero alguien lo hizo.

El egoísmo y la solidaridad de los que tanto cacareábamos (ey, eso decían los medios) era una dulce y melosa fachada que se derrumbaba continuamente en todas las escenas de la vida cotidiana. Todo el mundo luchaba hasta el último centavo, porque a todos ellos nadie les concedía una tregua. Miraban atrás en el tiempo y contemplaban con incredulidad y envidia la época de sus abuelos en que no todo debía ser comprado o arrendado. Los servicios públicos se habían extinguido con tanta rapidez como los impuestos habían crecido. La privatización brutal y sin sentido cometida en todos los sistemas capitalistas había llevado a una situación limite a una gran parte de la población. Se habían multiplicado los miles de personas que cada día entraban en una situación de pobreza extrema. La división de clases y la diferencia entre ellas era más grande que en cualquier otro periodo en la historia.

El permiso de jogging, el leasing de los zapatos y la ropa, el colegio de los niños, encender la televisión (con su respectivo alquiler), que el médico te realizase un tratamiento u otro, mirar escaparates, el correo electrónico, la comisión proporcional de mantenimiento del banco, la tasa por tener que reciclar todo lo que comprabas, el inexistente aparcamiento… la lista era interminable y crecía exponencialmente. Además, por si esto no fuera poco, el funcionamiento de casi todos los servicios y productos solo podía ser calificado como desastroso. Como buenas corporaciones que eran se debían solamente a sus accionistas, y a estos naturalmente les importaba bien poco en que estaba metida la empresa y como trataba a sus clientes, mientras los dividendos y beneficios fueran de fluyendo hacia el parqué. Viendo algo como eso uno podía pensar que la salvación estaba en los mercados de valores. Triste realidad que también en el anonimato existen clases, bien definidas por el valor del paquete accionarial que poseas. La información privilegiada corría de unas manos a otras para dar vaivenes inesperados semana tras semana. Caídas y bajadas porcentuales de dos cifras, que brillante estabilidad. Convertir empresas sólidas en pasto de absorciones combinadas con fulgurantes bancarrotas era parte de la vida de los mas exitosos ejecutivos, que se servían de los miles de billones anónimos para financiar sus vibrantes vidas en las caras urbes de Rusia, Reino Unido o China.

El sistema, corroído desde sus mismas bases, había dejado de ocultar sus vicios. Los que apelaban a los derechos sociales cuando debían recolectar votos en periodo electoral eran los mismos piratas que instauraban la tiranía mas despiadada en el sector privado. Oscilaban entre las altas esferas ejecutivas y los altos cargos de gobiernos sin importarles lo mas mínimo aquellos para los que gobernaban. Sus patrimonios eran inabarcables, protegidos por la seguridad del estado, ignorados por la justicia y alabados por los medios, eran intocables. El ciudadano medio, abandonado por sus representantes, era una triste figura. Insalubre, ignorante, ignorado, prácticamente indigno, que caminaba en el alambre del suicidio y la desesperación. Que podía ser si no mas que un número, una cuenta bancaria, un teléfono, una dirección. Que importaba su vida o su muerte cuando no se es imprescindible, cuando no se tiene imagen, cuando no se es un mito, cuando no se puede comprar el aura de invencibilidad. Ni la vida ni la muerte tenían ningún valor si no eran mediatizadas, para muchos no eran mas que imprevistos, imponderables que merecían dos minutos de lastima por aquellos que quedaban atrás y sus afines.

Necesitábamos salir, levantarnos y destruir todo lo que conocíamos, pues nada de justicia quedaba. De las cenizas se levantarían otros templos, otros mitos, otros protocolos, otros sistemas… y ya solo de pensar que era algo desconocido, hacía aflorar la esperanza, aunque no fuera la esperanza misma, si no la incertidumbre y el cambio fusionados y anhelados como el primer brote de la planta desconocida que sale tras el largo invierno.

Enemigo

Un enemigo. Eso era lo que necesitábamos, siempre lo habíamos necesitado y por primera vez estábamos faltos de ello. Esa sensación indescriptible de tensión subyacente, de alerta perpetua que nos daba fuerzas y fe en los momentos de debilidad. Era un fin en si mismo, un objetivo inalcanzable, una meta ilusoria, irreal como la irrealidad misma y sin embargo era necesario. Saber que había alguien al otro lado, que obrábamos correctamente, que había unas pautas marcadas y nosotros teníamos la razón. Nos daba tranquilidad y formaba parte de nuestra propia rutina. De todas las rutinas. Incluso la imagen más ficticia creada por el hombre tenía su enemigo invencible. No podíamos ser menos que Dios cuando ya lo habíamos superado.

Particularmente era una situación en la que inconscientemente y durante algunos años había podido disfrutar. No era el único. La mayoría de las personas completaban una evolución diferente si no estaban atados a los miedos escénicos que los medios de comunicación les metían subliminalmente en la cabeza. Se empezaba a disfrutar de periodos de confianza y de creatividad. La mente se concentraba en labores provechosas, la lógica asaltaba y noqueaba a la mediocridad y el talento florecía en toda su amplía gama de variedades. Para ciertos individuos, se trataba de algo peligroso. Fue uno de los fallos que pronto resolvieron de la manera mas cruda y descarnada posible.

Remontándose hacia atrás, evaluaron su propia historia, la misma que les había enfrentado contra imperios, contra otras religiones, contra otras creencias e incluso contra otras interpretaciones de la misma creencia. De la mejora alcanzada en la Guerra Fría extrajeron que, si bien se había conseguido la unidad, la paranoia y el miedo irracional que se pretendía, se habían cerrado a su vez, a si mismos, las puertas de un mercado que podía representar la mitad de los clientes potenciales de los tiempos en que vivían. Algo que era completamente contraproducente para las mismas empresas de las que se retroalimentaban. Era una manera terriblemente antieconómica que aunque controlaba ideológicamente a las masas dejaba de lado muchos aspectos que permitían libertades que a sus ojos podían parecer excesivas. La URSS, como en su tiempo Roma, desapareció. Y ellos bajaron la guardia.

Con la ciencia dedicada por completo a cualquier cosa que no estuviera relacionada con el armamento se produjeron excepcionales logros y avances que rápidamente estuvieron más allá de la ley y que se movían en territorios ingobernables, campos ambiguos o que rompían con la forma de obrar establecida hasta el momento. Se consideraba inadmisible y se tomaron las acciones pertinentes.
De la noche a la mañana estábamos en guerra contra un enemigo sin estandarte que no enarbolaba la bandera de ninguna nación y que no representaba a ninguna mayoría palpable. No existía ni principio ni final. No teníamos un objetivo objetivo. Luchábamos contra un ejercito de estereotipados fantasmas, que por de pronto, podíamos ser cualquiera que cayera en esos manidos clichés. Cualquiera podía caer en la trampa. Excusados en nuestro bienestar y protección se nos fueron negados cada uno de los mismos derechos que nuestros abuelos habían logrado arrancar. De manera precisa e indolora estábamos participando e incluso celebrando nuestra propia derrota. Esclavos miedosos de espíritus lejanos que justificaban cada uno de los latigazos de sus capataces.

Pero poco a poco, el enemigo desapareció. Ellos, los mismos piratas hereditarios que se hacían llamar demócratas, se olvidaron de reforzar la imagen de ferocidad de los malos, enfrascados como estaban en espiar y analizar cada desviación que se producía dentro de sus fronteras. La ciencia volvió a su curso y las desviaciones se hicieron incontables. La rebeldía de la apatía, de la pereza, de la tibia desobediencia ciudadana era molesta y era el germen embrionario de la revolución. El miedo volvía a ser necesario.

Necesitábamos un enemigo, uno nuevo. Lo necesitábamos ya. Uno que estuviera en todas partes, que no estuviera encorsetado en arquetipos distinguibles, que pudiera moverse entre nosotros, que atacara desde la oscuridad con una fuerza inesperada. El enemigo perfecto, imposible de encontrar. Y sin embargo, mientras escribía estas lineas, ellos ya nos habían encontrado.

Inercia

Fue después de los otros, de las primeras intentonas serias. Es curioso pararse a reflexionar como el ser humano acepta los pequeños sacrificios y se resigna a la nueva situación con total estoicismo. La falsa sensación de anonimato que nos ofrecían fue convirtiéndose a través de pequeñas recompensas en un recuerdo vago y olvidado. Seducidos por la magnitud y el nombre de personajes creados para tal fin fuimos retrocediendo y perpetrando nosotros mismos nuestra propia alegoría a la publicidad. Pero no a la publicidad de cualquiera, de esa genérica, mastodóntica y torpe, si no a la deslavazada y desequilibrada exposición de nuestros hechos mas íntimos, de nuestras conexiones mas valiosas y de nuestros sentimientos mas secretos y profundos. Lo vomitábamos tal cual, en crudo. Como si los ojos que devoraban texto e imágenes al otro lado no fueran jamás en la vida a importunarnos con aquellas historias. Necesitábamos hablar. Necesitábamos soltar toda la frustración que el mundo y la vida nos producía, y era el medio, involuntariamente perfecto, para tal fin.

Todos eramos quien debíamos ser, para lo bueno y para lo malo. La palabra escrita perpetuaba, nada que ver con la oración vertida a los oyentes de la que siempre podía uno retractarse. Para muchos fue un impacto desmesurado. Los lloros, los arrepentimientos y las penas se guardaban debajo de las camas o en el fondo mas inaccesible de los armarios. La misma libertad que se había expandido a través de los apodos se convertía ahora en la mesura y la corrección política que era necesaria tras las identidades bien definidas. La sociedad en masa se juzgaba a sí misma. Algunos enarbolaban banderas de rebeldía y cambio con orgullo, del animo de derribar las barreras, de extender el libre albedrío y un montón de bienintencionadas ideas que no eran del agrado del fondo de corrección que la macroeconomía estable necesitaba. Muchos, casi todos, fueron condenados en vida. Sus dossieres circulaban entre las magnas corporaciones y conformaban listas de desahuciados que crecían, según el malestar general, en progresión geométrica.

Los hombres de detrás de la cortina fueron esta vez tan rápidos como el que más. No se quedaron en la obsolescencia como sus antecesores y conocían de primera mano el potencial que permitían estas herramientas, con las que ellos mismos habían crecido. La sociedad había mostrado una y otra vez la futilidad de crear revoluciones de chequera siempre que estas no fueran convenientemente disfrazadas de justicia y humildad. Con ese buenrollismo necesario para la aceptación social y ocultando la mas truculenta relación entre unos y otros, Agenda fue progresando en una carrera de larga distancia en la que el ilimitado apoyo financiero y los mercados homogéneos hicieron el resto. En algo mas de dos lustros había captado casi la mitad de usuarios activos de China, India, Estados Unidos y Europa. Se había consolidado como la plataforma de comunicación mas extendida y por consiguiente se había convertido en un estándar de facto. La información contenida en la plataforma era tal que las alternativas contemporáneas a su salida habían ido cayendo hasta su desaparición. Mientras que el panorama global presentaba un aspecto desolador, el micromundo creado a imagen y semejanza de las estructuras de la compañía satisfacía a ese necesario 99% de felices seres que conseguían colmar todas sus expectativas de calor, contacto y ego a través de las indivisibles capas audiovisuales y de ocio de la red.

Todo lo habíamos conseguido nosotros solos. Nuestra incapacidad de mirar mas adelante, de anticipar las consecuencias de nuestros actos y nuestra búsqueda de la inmediatez y de la comodidad nos habían conducido a estar bajo un yugo invisible y para muchos insensible e inexistente, que solo se mostraba en toda su crudeza cuando se actuaba contra la política que los oligarcas habían determinado como única y verdadera. Y esta no era ni mas ni menos que la que nosotros publica e hipócritamente habíamos dictado, basada en nuestras raíces religiosas, el conservadurismo, el proteccionismo, el miedo al cambio y a la ruptura, la animadversión a la diferencia, los tabues sexuales, la preponderancia del éxito material por encima del espíritu del individuo y la firme convicción y creencia de que siempre es otro el culpable de nuestros errores.

Habíamos regalado la intimidad envuelta en la última capa de nuestra privacidad a cambio de brillantes y vacíos cristales de colores.

Humo

Con una sonrisa en el rostro era capaz de recordar algunos momentos con mis padres. Uno de ellos, concretamente me viene a la cabeza justo ahora, al contemplar este lector cuyo grabado en la parte trasera dice: MADE IN ZIMBABWE. Acostumbrado como estoy a que las manufacturas procedan del cinturón africano que hay entre lo trópicos, me resulta casi imposible de creer que hace no tantos años países como Japón o Taiwan pudieran enriquecerse y prosperar a base de vender estos simples complejos productos electrónicos. Mi memoria viaja hasta la infancia y me sitúa en una polvorienta papelería regentada por su misma propietaria en la que mi madre me compra una maquina absurdamente obsoleta parecida en cierta forma a un dispositivo móvil y cuya única funcionalidad consistía en calcular operaciones matemáticas. Si, una calculadora. Podía haberme ahorrado la descripción, pero me gusta intentar que el oyente se sienta transportado a la mentalidad infantil que miraba con desprecio aquel aparato y aquel lugar del que salía. Significaba únicamente trabajo y dedicación a unos quehaceres que no resultaban nunca y en ningún modo satisfactorios. Fue en parte esta apatía la que lastró mi etapa de estudiante.

Divagaciones aparte, dicha calculadora mostraba orgullosa en relieve unas letras que identificaban a China como su país de origen. Orgullosamente fabricada por la República Popular que había mostrado al mundo que el capitalismo funcionaba mucho mejor cuando el gobierno ejercía el totalitarismo y colectivismo de la forma mas déspota posible, mientras dejara el espacio suficiente para que las corporaciones pudieran usar a sus cualificados ciudadanos de la formas mas rentable concebible.
Así, con un proteccionismo exacerbado y con un sexto de la población del planeta lograron atraer y retener al total de los grandes negocios de la época. China se había convertido en la factoría del mundo, en el mercado apenas virgen mas grande y homogéneo que nadie hubiera podido imaginar. Pero esto no duró demasiado, y como no podía ser de otra forma, la cada vez más cosmopolita costa este pasó el testigo al oeste, más rural y alejado, también a Vietnam, Thailandia, Indonesia, llegarían más tarde incluso Laos y Camboya. India también despegó, y por algún lustro también retuvo el titulo honorífico de factoría global.

Todos fueron evolucionando hacia un (su) sector servicios que comenzaba a despegar en los mercados globales y que se nutría de toda la demanda existente localmente. La balanza se invertía, ¿Podría ser necesaria la pobreza y el subdesarrollo de unos para mantener el nivel de los otros?. Según habíamos concebido el mundo, era inevitable. La extremada especialización era el germen de la decadencia. La inflación llegó a la educación. El mercado global se sobresaturó de gente sobradamente cualificada en tareas intangibles, superfluas. Nos hallábamos rodeados de vendedores de humo. Yo era uno de ellos. Algunos de mis conocidos se empezaron a autodenominar funcionarios de la vida a pesar de que trabajaban para el sector privado. No eran capaces de definir que hacían a una persona que fuera extraña a su trabajo. Muchos se sentían aislados y solos, incomprendidos. La infelicidad y el suicidio iban de la mano con el desarrollo y el bienestar. Las metas eran tan altas que nadie osaba alcanzarlas.

El peso económico del mundo se fue moviendo lentamente hacia oriente. Europa y América de repente eran mercados muy pequeños, demasiado competitivos, y cada vez más pobres. Una nueva masa de riqueza se extendía en todo el sudeste asiático, en el subcontinente indio y tocaba de refilón el Magreb. A la vez que algunas repúblicas africanas lograban alcanzar una tenue estabilidad, sus nuevos amigos, los empresarios e industriales chinos menos escrupulosos, plantaban factorías de las nuevas marcas que surtirían a su propio mercado. Auspiciados por democracias aún endebles pero lo suficientemente corruptas como para mantener un precario orden, África, por primera vez a los ojos de occidente, emergía como un inesperado productor. Europa había perdido la batalla casi en su propia casa. Las excolonias, siempre prejuzgadas, no habían logrado jamás mostrarse a la metrópolis como un suelo apetecible en el que invertir mas allá de la búsqueda de recursos naturales. Y ahora, para enfado del viejo continente, habían elegido a otra pareja, ideológicamente distinta, alejada de todos sus valores. Les habían traicionado por dinero. ¿Por que otra cosa si no?

A mitad de camino, en el golfo pérsico, las grandes fortunas hechas por los intermediarios, por los concertadores, huían hacia destinos menos entrometidos, mas garantistas. Suiza o Noruega, por poner tan solo un ejemplo, se fortalecían fuera de las fronteras legales y comerciales de la Unión y se beneficiaban de la dureza de las dictaduras de los jeques. Con el tiempo, hasta los rusos, tan centrados siempre en la energía, se introdujeron a través del medio oriente en el mercado de las infraestructuras del continente negro.

Zimbabwe, Angola, Zambia, Malawi, etc. Una larga lista que parecía no tener fin y que fabricaba otra lista de bienes también sin fin. Desde el textil hasta los vehículos, desde baterías a semiconductores. Nada se escapaba. Nos quedaba el resto, cada vez más competido, más difícil y más duro, y nadie sabía por cuanto.